Al principio no pensé que escribiría este post…por un lado, porque creía que este blog sería sólo para compartir cosas bonitas, y por otro, porque nunca pensé que un aborto me pudiera tocar a mí.
Me cuesta compartir esta historia, porque hasta ahora solo ha sido mi círculo de amigos y familia más cercanos a quienes se lo he contado. Pero si lo comparto, es porque parece que los abortos naturales son más comunes de lo que yo creía, y quizá si se hablara más de ello, o se hablara con más naturalidad, el apoyo e información que tendríamos las mujeres que lo vivimos, sería mayor. Esta fue mi historia:
A pesar de tener un bebé de meses, mi marido y yo llevábamos un tiempo hablando de tener otro peque. Lo habíamos pospuesto una temporada porque llevábamos un año de muchos cambios e imprevistos difíciles de manejar, tanto a nivel profesional como personal. No obstante, al llegar el verano, nos decidimos a intentarlo. Y tuvimos la enorme suerte, de conseguir quedarme embarazada al primer intento.
Al igual que hicimos con nuestro primer peque, decidimos que no compartiríamos la noticia con nadie hasta pasadas las primeras 12 semanas, que son las de mayor riesgo. No obstante, mientras pasaban los días, hablábamos de futuro, hacíamos planes relacionados con el bebé, y nos ilusionábamos. Me descargué las mismas Apps de seguimiento de embarazo que había usado en mi primer embarazo y día a día, semana a semana, leía los cambios que vivía el bebé en mi interior y a los que se sometía mi cuerpo.
Estando en la semana 8, una noche empecé a no encontrarme bien: al día siguiente estaba muy cansada y notaba el vientre hinchado. Lo achaqué al cansancio del trabajo e inocentemente me ilusioné pensando que ya se empezaba a “notar la tripita”. Pero esa misma tarde, me enfrenté a la realidad: tuve un sangrado importante que me llevó a urgencias, donde me diagnosticaron un hematoma uterino de tamaño considerable. El bebé estaba bien, pero desde ese momento necesitaría reposo absoluto y empezar a tomar progesterona via oral.
Creí que lo más duro sería la prohibición de no coger a mi peque en brazos “hasta nueva orden” y efectivamente, lo fue a nivel emocional…pero a nivel físico, los efectos secundarios de la progesterona me volvieron a llevar a urgencias en apenas 6 días: las náuseas y vómitos se habían intensificado, el dolor de cabeza era intenso y no cesaba, tenía la tensión por los suelos y apenas fuerzas para sostenerme en pie. El bebé continuaba bien: cada vez que me hacían una eco y escuchaba el latido de su corazón, sentía un inmenso alivio y felicidad…y ver como su formita iba cambiando de ser un pequeño grano de arroz a poder diferenciar su cabecita, tronco y lo que pasarían a ser sus bracitos y piernas me ilusionaba enormemente. Sentía que aunque mi cuerpo estaba débil, el bebé seguía su crecimiento normal. Me trataron y me cambiaron la progesterona para empezar a ponérmela vía vaginal: de forma casi inmediata los efectos secundarios desaparecieron y empecé a encontrarme mejor.
Pasados unos días, acudí a la revisión que tenía citada desde hace tiempo con mi ginecólogo. Hasta entonces él no sabía nada de lo que me había pasado ya que todo había sido tratado por urgencias: tras contárselo y tener todos los detalles, procedió como es costumbre a hacerme la ecografía de seguimiento. Y allí estaban el bebé y el hematoma…pero tras lo que me pareció el más estremecedor y largo de los silencios, mi ginecólogo dijo: “ Aquí no hay latido….”. “Que quieres decir?” dije en voz alta, casi como reprochándole, como si acabase de decir la mayor tontería del mundo. “Que aquí no hay nada, el embarazo no sigue adelante”. Le dije que tenía que haberse confundido, que por favor volviera a hacer la ecografía…creo que en aquel momento, se paró el mundo, y rompí a llorar.
No era capaz de asimilar lo que estaba pasando…ni de aceptar que mi bebé seguía en mi pero que ya no crecería, ni llegaría a verle la carita un día. La conversación que tuvo lugar a continuación con mi ginecólogo, se repitió de forma continua con todos aquellos que a posteriori se enteraban de lo que me había pasado: “1 de cada 4 o 5 embarazos acaba así”, “la naturaleza es sabia y estas cosas pasan por algo”, “es más frecuente de lo que imaginas”, “tienes suerte de que al menos sabes que puedes tener hijos: cuantas parejas pasan por esto sin tener ninguno y sin saber si podrán tenerlos” … y a cada una de estas afirmaciones, mi respuesta mental era “quiero a mi bebé”. Una frase, que desde entonces no cesó de repetirse en mi cabeza día tras día.
Los días (y semanas) que siguieron a lo que percibo como uno de los golpes más duros que he recibido de la vida, fueron de inmensa tristeza, muchas lágrimas, sentimientos de gran culpa, de incomprensión y de enfado con Dios y con la vida por ese “castigo” que recibí. No entendía qué pude haber hecho mal para que el embarazo no siguiera adelante, ni porqué ese feto de 11 semanas no tenía derecho a conocer este mundo.
Lo siguiente fue el legrado, y despertar de él en la habitación contigua a la que había nacido mi hijo. Esa”cal y arena”, esas ironías que tiene la vida.
Y tras el legrado, vino el sentimiento de vacío… en todos los sentidos. Casi inmediatamente aparecieron los ataques de pánico y las noches de ni conciliar ni mantener el sueño (o las pesadillas, mejor dicho).
Algunas personas dicen que ese bebé vino y se fue con un propósito: unirme más a mi marido y familia, hacerme más fuerte, hacer que me replantease la vida que llevaba… otros incluso me sugirieron que quizá ese bebé no había sido viable desde el principio, y que siempre había sido un regalo de la vida de 11 semanas de ilusión… Sea lo que fuere, ni lo entendía entonces ni creo que lo llegaré a entender nunca.
Siempre me he considerado una persona fuerte y positiva, pero en esa ocasión sentí que las circunstancias podían conmigo y que, si quería seguir adelante como la chica feliz, sonriente y afortunada que me considero, necesitaba un pequeño empujón.
No compartí el tema con mucha gente porque cada vez que lo hacía pasaba un mal rato hablando de ello y rememorando todo, pero sí lo hice con las personas que siempre han estado a mi lado en lo bueno y en lo menos bueno. Encontré infinito cariño, respeto y apoyo en mis padres, mi marido, mi familia y amigas más cercanas. Incluso algunos de ellos, en un generosísimo acto de empatía y comprensión, abrieron su corazón y compartieron conmigo dolorosas experiencias pasadas. Todos me escucharon y dieron su mejor consejo…me apoyaron en mis decisiones y estuvieron conmigo, sin importar el día o la hora, respetando mis silencios, mis lágrimas y compartiendo mi dolor en un intento de reducirlo. No sé qué habría hecho sin ellos!
Mi gran fuerza e ilusión esos días fue mi pequeño de apenas un añito, que con su picardía y su ternura, me enseñaba que la vida es bonita a pesar de todo. Caminé a su lado, reí con sus carcajadas, me derretí con sus abrazos y sequé sus lágrimas cuando se hacía daño. Él me forzó a ser fuerte y estar bien y feliz, incluso cuando por dentro sólo sentía ganas de llorar. Sé que para algunas mujeres el aborto a veces sucede cuando no han tenido aún niños y además de no contar con esta ayuda de la que hablo, se les añade la angustia de no saber si podrán tener hijos…no puedo ni imaginar lo difícil que tiene que ser estar en esa situación, pero sí puedo decir que no están solas.

Uno de los pasos que más me costó dar en todo esto fue el de buscar ayuda psicológica. No porque crea que hay nada malo en ello, sino porque siempre he salido de los baches yo sola y me costaba aceptar que si esta vez necesitaba ayuda de fuera no era porque no fuese suficientemente fuerte, sino porque no podía ni quería permitirme empeorar. Gracias a un muy buen amigo, di con una psicóloga encantadora llamada Lourdes. Desde el primer día me sentí muy cómoda con ella: es cariñosa y de esa gente que sientes que se involucra más allá de lo profesional, porque lo que de verdad le importa es ayudar a la gente. En Lourdes he encontrado a la persona para desahogarme sin ser juzgada y en su consulta el espacio donde dejar todo aquello negativo de lo que no quería descargarme en mi hogar. Reconozco que no ha sido fácil mostrar abiertamente cómo soy y cómo me siento; muchas sesiones han sido duras y he salido de ellas emocionalmente agotada, pero sintiendo al mismo tiempo que iba comprendiendo mejor el proceso por el que estaba pasando y el “bucle” en el que me había metido, por lo que también me sentía más capaz de entender cómo salir de él.
Unido a esto, necesité mucho tiempo de reflexión, que debo reconocer si no se maneja bien, puede llegar a convertirse en un arma de doble filo: un negativo en momentos de bajón emocional. Y digo esto porque antes de empezar las sesiones con Lourdes, ese tiempo se llenaba de preguntarme “¿por qué me ha pasado esto a mí?”, “¿qué he hecho mal?”…y daba vueltas y vueltas a la situación que estaba viviendo, agrandando mi sentimiento de culpa y hundiéndome en mi tristeza. No importaba cuánto me dijera la gente que lo que me había pasado era frecuente y/o que no era culpa mía: nada me hacía salir de ese círculo vicioso en el que había entrado. Tras empezar las sesiones con Lourdes, ese tiempo de reflexión pasó a ser de entendimiento, racionalización y aceptación.
No puedo decir que el insomnio desapareciera de forma inmediata, ni que a día de hoy no piense en aquel bebé con ojos acuosos o que la nostalgia no me invada de vez en cuando. Pero si puedo decir que me siento más fuerte, que soy algo más objetiva respecto a todo lo que viví y que vuelvo a sentirme afortunada; dejé de pensar en lo que podría haber tenido para valorar lo que tengo. Y poco a poco superé el miedo, la angustia y la tristeza que trajo consigo esa ilusión rota a la que llaman aborto.
Deja un comentario