Todo empezó una madrugada de Septiembre de 2017, concretamente, a las 5.20 am. Si hubiera sabido que esas serían las últimas horas que dormiría del tirón en mucho tiempo, probablemente me habría acostado antes esa noche. Pero de pronto, llegó la primera contracción…y apenas 11 horas después tenía en brazos a mi peque: tan pequeño, frágil, indefenso…lo más maravilloso y tierno que me ha pasado en la vida.

Recuerdo que pocos meses antes de salir de cuentas, mi madre me preguntó si me sentía preparada para traer a mi pequeño al mundo. Mi respuesta fue clara: «me siento informada, pero creo que nadie está preparado en esta vida para ser madre/padre». Creo que con diferencia, ha sido la respuesta más madura y realista de toda mi vida, porque tras tener a mi pequeño, doy fé de que así es.
Tanto durante el embarazo como en los primeros meses tras el nacimiento, todo el mundo te da sus mejores consejos, te cuentan sus experiencias, y te hablan de lo maravilloso que es tener hijos. Si eres organizada, acudes a las clases de preparación al parto, te descargas las mil Apps que te cuentan día a día cómo evoluciona tu bebé desde que apenas tiene el tamaño de una semilla de amapola hasta que se convierte en algo parecido a una sandía…. y te compras un montón de libros que te dicen como transcurrirá el embarazo, el postparto, la lactancia, etc.

No obstante, sólo si tienes suerte, una buena amiga que ya haya pasado por ello, te cuenta lo bueno y lo no tan bueno de los primeros días de tener un hijo. Y, como contaba en los motivos que me llevaron a empezar este blog, las noches en vela acompañando a mi pequeño, me llevaron a querer compartir como he vivido yo esos primeros días y meses para los que probablemente ninguna primeriza estamos preparadas; no porque no seamos fuertes o tengamos capacidad, sino porque el cambio en tu cuerpo y tu vida es tan grande, que no sabes por donde pillarlo.

Entre las muchas emociones y pensamientos que aparecen con tu bebé y tras 9 meses de infinita espera para ver su carita, una vez le tienes contigo te das cuenta de cuanto echas de menos tu barriguita. Si, así es: dejas de sentir sus pataditas, sus movimientos y su hipo. Y sólo te queda una barriga más colgante que las casas de Cuenca y un ombligo que si antes tenías hacia dentro ahora no sabe muy bien cómo quedarse. Otros cambios físicos que aparecen están relacionados con tu pecho: si has decidido alimentar al bebé mediante lactancia materna sientes que te van a estallar cada vez que te sube la leche y entre otras cosas, te aparecen manchurrones de leche en la camiseta cuando menos te lo esperas.
A todo esto se suma la falta de sueño. Hay mamás que ya desde el principio consiguen que sus bebés duerman la noche del tirón, pero en mi caso, tras 4 meses y medio, sigo levantándome «a demanda» (que viene a ser cada 2 o 3 horas) para dar de comer a mi pequeño glotón, y muchas de ellas, caemos por fin dormidos en el sofá. Y así, noche tras noche, ves pasar las horas del reloj, pensando en tu bebé y en todo lo que ha traido consigo.

Por otro lado, la relación con tu pareja ya nunca será igual: ya que a partir de ahora tenéis en casa un pequeño extraño que viene sin manual de instrucciones, que no se adapta exactamente al patrón del que hablaban los libros, que requiere el 200% de vuestro tiempo…y que siempre (de verdad no falla), en el momento que has conseguido relajarte y estás a punto de dormir, comer, o darle un beso o un abrazo a tu marido, empieza a llorar desconsoladamente. Y no nos olvidemos de que por medio andan tus hormonas, reajustandose…haciéndote llorar cuando menos te lo esperas y sin causa aparente.
¿Suena tremendo, verdad? Bueno, es todo aquello que nunca se cuenta o que se da por sentado con la llegada de un bebé. Pero todo lo bueno que trae tu peque al nacer lo supera con creces! Porque lo que tampoco te cuenta nadie (y aunque lo hagamos, nunca podremos describirlo como se merece) es que con la llegada de tu bebé, de repente te conviertes en una especie de superwoman que gestiona el cambio de una forma maravillosa: el cansancio se olvida en el momento que coges a tu peque en brazos; el pecho deja de dolerte cada vez que tu bebé pone su manita sobre él mientras mama; el sueño se pasa en cuanto dejas de oir su llanto y le observas placidamente dormido en tu regazo; las lágrimas producidas por las incontrolables hormonas pasan a ser lágrimas de felicidad con su primera sonrisa o sus primeros balbuceos. Tu cuerpo se llena de energía para seguir el ritmo del peque: te aprendes todas las nanas del mundo, inventas canciones para que se divierta en el baño o para que no llore en el coche… y tu pareja se convierte no sólo en la persona que ha hecho posible tu mayor felicidad, sino también en ese compañero inseparable de la aventura más grande que habrías imaginado.

Empiezas a ver la vida a través de los ojos de tu bebé, a entenderle y conocerle, y a dejar que te conozca. Y descubres que no eres tú quien le enseña a él, sino él a ti, y empiezas a apreciar su paciencia contigo hasta que consigues interpretar lo que significan sus llantos, sus grititos y cada uno de sus movimientos. Empiezas a comprender y valorar más que nunca a tu madre y todos los sacrificios que ha hecho por ti. Y así, día tras día, despiertas como en «Las mil y una noches», sabiendo que aunque pasaste la anterior en vela, contando historias, escuchando, vigilando, cuidando….cada día se descubren cosas nuevas y la historia más bonita está aun por contar.

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